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La morada fugitiva (Poesía, 2014): Comentarios


Habitar la poesía
Por Antonio Gamoneda

Vivir la poesía, habitar la poesía. Es ésta una circunstancia liminal que comporta el conocimiento, la advertencia extremada de un, a su vez extremado, hecho existencial: “Lo bello no es otra cosa que el comienzo de lo terrible”. Así diría Rainer Maria Rilke habiendo leído La morada fugitiva, el último libro de Gonzalo Márquez Cristo.
“Todo grito es sagrado”, dice en una ocasión del libro su autor. Repárese en la total acomodación de esta “bella” y “terrible” denotación al pensamiento rilkeano, con el que, por cierto, el poeta colombiano no ofrece afinidades que pudiéramos entender literarias. La línea citada es una muestra, fuera de contexto, de otra afinidad, más profunda, que puede darse, que se da de hecho, en no pocos excelentes poetas.
A “la flor que se abre en la tormenta” convoca también Márquez Cristo. Cierto: la flor de la poesía “se abre” en un mundo atormentado por los poderes fundamentados en la injusticia. Así, sin decirlo en términos informativos, queda dicho en la vigilada y tensa conducta de esta palabra poética.
No debe buscarse primordialmente en ella, en la palabra poética de Márquez Cristo, aunque no falte, una comunicación de carácter metapoético, pues importa mucho más entender que la poesía, la poesía que lo es, se confunde íntimamente con la vida; como un órgano más nuclear y necesario en ella, en la vida.
La poesía, sí, cabe que se manifieste “fugitiva”, pero la fugitiva retorna; retorna a su espacio natural, a la vida; una vez más y siempre, a la vida.
Ábrase con respeto, con acendrada cautela, este libro simultáneamente luminoso y profundo, apasionado y apasionante, escrito por Gonzalo Márquez Cristo.


"La morada fugitiva", óleo realizado por Armando Villegas para la portada del poemario


En la intemperie del poema
Por Armando Rojas Guardia

Decididamente enamora el luminoso castellano en el que está escrito La morada fugitiva. Su dicción es perfecta y su fraseo, majestuoso. Sus versos, trabajados como con pinzas de oro, son a menudo lapidarios y quedan por largo tiempo gravitando en la memoria del lector. El desarrollo, contundentemente armónico de la versificación, es en todo momento litúrgico, porque va sumergiéndonos en una atmósfera litánica de gravedad religiosa, a la manera de un salmo laico, de un conjuro o de un ensalmo.
La irreprochable belleza de este poemario en su aspecto formal no hace sino sacramentalizar la hermosura de su contenido. Se trata de una meditación lírica en torno a una apuesta existencial por la ontológica intemperie que significa escribir poesía. Para el poeta ésta supone e implica abandonar la seguridad de las certezas y caminar sobre la cuerda floja de un asumido desamparo: sólo cuenta esa indefensión consentida. Pero, como el acróbata circense, Gonzalo Márquez Cristo, al dar el salto mortal sobre la cuerda que pende en el vacío, huérfano voluntariamente de todo asidero, obtiene para él y para nosotros la recompensa de su propia danza exenta, el efímero y maravilloso movimiento que lleva a cabo su destreza. Los lectores celebramos emocionados el baile aéreo de esta poesía, tan íntima como solemne, tan limpia como entrañable. 


El maestro Villegas firmando la pintura

El fin de los techos
Por Adalber Salas Hernández

Si el hombre es trascendencia, ir más allá de sí, el poema es el signo más puro de ese continuo trascenderse, de ese permanente imaginarse. Octavio Paz

En algún sentido, en algún momento, todos nos hemos sabido perseguidos. No me refiero, por supuesto, a la paranoia usual, pedestre, que puede acompañar a cualquier ser humano por un período de su vida –o toda–, quizás justificadamente. Antes bien, se trata de una persecución que sólo podría calificarse de ontológica y que nos toca del modo más hondo, rodeándonos sin aceptar excusas o sobornos, sin comerciar con preguntas, sin conocer respuestas. Es la persecución que adivinamos en el abrazo amargo del tiempo. Es la persecución que entrevemos en las escenas recurrentes de nuestra memoria, donde los muertos –o los vivos haciéndose pasar por ellos– no señalan e interrogan. Es la persecución que implica el hecho mismo de hablar una lengua.
Porque quien habla, quien se halla en posesión de un lenguaje, es sujeto de ese lenguaje, es acosado por él. Se encuentra sujetado, maniatado por el don de la palabra. No sólo por los usos sociales de la lengua, que sancionan cuándo y de qué manera está permitido decir, sino también por las palabras mismas, cada una de ellas con su larga, invisible caravana de recuerdos. Los vocablos rebosan con un significado que no escogimos, lo llevan a cuestas y lo dejan caer en nuestra boca: es por ello que toda frase que pronunciamos suena a eco, pues contiene voces que no conocemos, pero que nos determinan. Nuestra lengua nos piensa tanto –o más– como nosotros la pensamos a ella. Ser, para el dotado del habla, es inevitablemente ser perseguido.
Ante esta sujeción, hay quienes optan por la fuga. Sin embargo, no se trata de una huida cualquiera, pues el ser humano no puede huir de la lengua; se trata, en todo caso, de aprender a subvertir cada sílaba de cada oración, hallando en ellas ese espacio vacío, esa tierra de nadie, donde no significan, donde es posible imaginar para ellas un sentido insólito. Quienes deciden intentar este escape, no se fugan de la lengua, sino hacia la lengua, hacia la terra incognita que hay en ella. Quienes escogen este camino, no pueden abandonarlo luego, sin importar que lo recorran en prosa o en verso, en relatos, ensayos o poemas.
Gonzalo Márquez Cristo es uno de ellos. Ha escogido hacer en el lenguaje poético su morada fugitiva, su hogar que es viaje interminable. Y no es azaroso que sea justamente ese el título de su último libro: La morada fugitiva. En este volumen cuajan décadas de experiencia huyendo de los cercos del lenguaje a través de las vías –de las venas– secretas de la poesía.
Ya entre sus primeras páginas, podemos topar con versos como estos:
Amanece:
Las palabras se vuelven transparentes
Al salir veo cómo se abre el silencio.

Hay un idioma que sólo hablan
Quienes acaban de nacer.
El poema del que forman parte se titula “Ars mutandi”, y no en vano: nos llevan, como lectores, a la escena de la salida, que también lo es de profunda transformación, pues en ella ocurre el primer atisbo de una palabra deslastrada de historias y conceptos. Una suerte de materia semántica pura, translúcida, apenas visible a esa hora indecisa en que el cielo se abre y amanece. Es exactamente a esa hora en que se parte en busca de ese idioma hecho con la arquitectura del silencio, sin importar si se escribe de noche, durante la tarde o con el primer sol de la mañana: siempre que se inaugura un texto que desea para sí un lenguaje desasido, aliento húmedo de origen, se escribe en pleno amanecer.
Pero inmediatamente luego de la partida, topamos con la incertidumbre. ¿Qué tierras son estas, móviles, que no aparecen en ningún mapa? Buscar el sentido insurrecto de las palabras implica poner en crisis todo lo que ellas aseguraban, apuntalaban en su sitio. Es canjear la memoria de las cosas por su negativo. Es por ello que Márquez Cristo se pregunta en el poema “Palabras para Eurídice”: ¿Quién conoce la geografía del olvido? Nadie puede asegurar estar familiarizado con ella; debe ser reinventada por cada viajero que la transite. Tal vez esta sería una manera de entender cada poema que leamos: un mapa dejado por quienes se internan en el olvido de la lengua.
La incertidumbre no da tregua. Debe ser sufrida en toda su extensión. Quien escribe buscando, primero tiene que perder la vista: La cicatriz del horizonte invade mis ojos, podemos leer en el texto “Llueve en el poema”. Pero es que solamente con ese horizonte cortando la mirada, puede hacerse patente hacia donde es necesario dirigirse. Ya abandonada la prisión de la lengua común, nada más queda avanzar en pos del hogar que es la lengua prometida:
Persigue la casa que navega
Consagra tu cuerpo sometido
Iníciate en la sed.
Así rezan –nunca mejor dicho– los versos pertenecientes a “Las muertes inconclusas”. El ansia mueve hacia esa nueva casa, brote inesperado en medio del destierro. El poeta, el viajero impenitente, sabe que su salvación se cifra en esa sed. “El hombre es el ser que padece su propia trascendencia”1, escribe María Zambrano en Los sueños y el tiempo, y entre su sentencia y la poética de Márquez Cristo hay una íntima consonancia. El ser humano se ve llamado a salir de sí, aunque tal empresa signifique su ruina. Quien escribe no sólo debe renunciar a las paredes y el techo de su cómodo universo simbólico a cambio del descampado, sino que incluso debe perder la propia voz, enronquecerla de tanta sed, para aprender a hablar nuevamente.
El hogar inédito que buscan estos poemas está ya en ellos, fugaz. La morada que intentan se edifica cada vez que el poema se escribe, aunque sea para perderse poco después. Así lo confiesa el poema “La casa que huye”:
Y en la oscuridad cuando las palabras
Se agrandan, subo a mi voz.
Lo que di nunca ha regresado.
Esta es la casa que huye.

Dar lo que nunca volverá: otro aprendizaje brutal al que nos somete esta escritura. El ascenso hacia la propia voz es una labor que se lleva a cabo en condiciones arduas, ya que nada más puede hacerlo quien se ha iniciado en la sed. Esa sed que no se aplaca, que es la huella misma de la casa que huye, la que se busca en cada texto.
No puede ser de otra manera. El hogar que intenta esta poesía es, por definición, el lugar de lo inhóspito. Es una morada con paredes de lluvia, con un piso que siempre cambia, donde se padece calor y frío. Y sin techo, por supuesto: esta poesía decreta el fin de los techos.
Porque no se dedica a intentar una lengua inexpugnable, ni a tallar para sí un nombre que resista el embate de los elementos. Porque ha hecho del desalojo su oficio. Está cosida por preguntas, esta poética, ya que es la forma retórica del descampado. “¿Quién no ha sufrido el destierro del lenguaje?”, se escucha en La morada fugitiva, el relato lírico, o poema en prosa, que titula y cierra el volumen. “¿Pero quién regresa a una casa que se mueve?”, se vuelve a escuchar en el mismo texto. “¿No es la poesía aquello que huye?”, oímos una vez más, en un texto que significativamente lleva por título esa interrogante. Preguntar es poner en crisis, es impugnar el sentido dado de las cosas. Transitar lo desconocido.
Y ello también conlleva “leer lo que no ha sido escrito”, para decirlo con las palabras que Giorgio Agamben consigna en Ninfas: “Las constelaciones celestes son, en este sentido, el texto original en que la imaginación lee lo que nunca ha sido escrito”.2 Esta frase bien podría valer por una profesión de intemperie. Desarticular los sentidos usuales de la lengua, producir un cortocircuito en la circulación del significado, para así hallar lo soslayado o lo nunca imaginado, es justamente aprender a leer lo que, por definición, es a-significante. Leer lo que no ha sido escrito: leer el afuera, es lo que entraña La morada fugitiva.
Lo cual no es, en la práctica de la escritura, más que invitar al afuera, hacer que habite en nuestras palabras. Así cada una de ellas estará marcada por él, tendrá la frente descubierta y los hombros dispuestos a un cielo implacable. La poética de Márquez Cristo lo comprende bien, como deja ver en estos versos pertenecientes al poema “Nadie tiene nombre en el origen”:
Esta noche la lluvia escribe en mis manos
Y sólo prevalece lo frágil.


Gonzalo Márquez . Fotografía de Nereo López

Es imperativo experimentar aquí la muerte y el renacer de cada palabra: muerte de su sentido usual, condición necesaria para que se abra a la pluralidad de sentidos que lleva en el texto poético. Fabricar con la caducidad de las palabras una fortaleza no vista: esa paradójica fragilidad que prevalece.
Inventar lo que aún no existe: sin esta pulsión poética, no sería posible el desarrollo de ninguna lengua. Todos los hablantes participamos en ello, lo sepamos o no. Pero quien se entrega a la poética de lo descubierto, del cielo abierto y feroz, lo hace de un modo consciente. Un notable poeta venezolano supo ponerlo inmejorablemente en “La traducción es agua de mi tercera sed”, esas anotaciones publicadas en el volumen Acercamientos a Alfredo Silva Estrada: “Cuando el poeta comienza a escribir un poema parte de algo inexistente, de algo que todavía no es, que no está nominado: vacío impulsor, cúmulo confuso de experiencias que no bastan para constituir un cuerpo verbal, incompletitud, carencia, en fin, quién sabe, ni el mismo poeta lo sabe”.3 Si la lengua no cojeara, si la falta no fuera su núcleo constitutivo, su médula, la poesía no existiría. Y esta poética que despliega Márquez Cristo comprende bien que su misión no es suplir esa falta, sino explotarla: tomarla por labor y designio, construir ese cuerpo verbal, siempre incompleto, del cual todos participamos.
Valga decir: volver una y otra vez a ese primer silencio entrevisto, recrear el amanecer que signó la primera salida:
Poesía:
Insurrección del silencio
Sacrificio para una deidad extinta.
Estos versos se hallan al final de “Arte poética”, y no es casual la simetría que se establece entre ellos y los versos de “Ars mutandi”. En ambos el silencio se presenta como una necesidad –y en este último caso, como un trabajo a ser realizado, como una violencia a ser ejercida. Sacrificio es el vocablo que articula este deber. La revuelta del silencio, la entrada a los sentidos insólitos de los vocablos. Lúcidamente, la lengua es entonces sacrificada a la lengua: por esa vía la deidad extinta de las palabras pierde su rostro mortuorio y adquiere su cara inesperada.  
Esta poética despliega un estilo casi versicular, casi profético, que borra las fronteras entre la prosa y el verso, obligando al lenguaje a un más allá, a un descolocamiento que hace imposible situarlo en un solo espacio. Los versos quedan suspendidos, cada uno en su propia gravitación semántica, mostrándose en toda su extrañeza antes de declararse como parte de un conjunto mayor: el poema. Por eso empiezan todos en mayúsculas: marcan así su doble validez, cada uno en sí mismo y en función del conjunto.

No hay otra forma. Solamente así puede edificarse el hogar que huye: a través de la fuga misma de la lengua en la lengua. De ahí las frases, emblemáticas, del poema-relato “La morada fugitiva”: “Y ahora que la lengua se convierte en flecha, que nuestro origen fue proscrito, que el viento trae las herencias arrasadas, veremos nuevamente la morada fugitiva”. No más legados que carguen la sombra al caminar. No más origen opresivo, sólo origen en el horizonte. No más óxido en las sílabas, en las comisuras de los labios. Nada más la creación constante, siempre inconclusa, de la morada sin techos, la única que es fiel a las potencias del lenguaje. 


1. Zambrano, M. (2006). Los sueños y el tiempo. Madrid: Ediciones Siruela (p. 21).
2. Agamben, G. (2010). Ninfas. Trad. Antonio Gimeno Cuspinera. Valencia: Pre-Textos (p. 52).
3. Borzacchini, C. (2005). Acercamientos a Alfredo Silva Estrada. Caracas: Grupo Editorial Eclepsidra (p. 50).

Oscuro nacimiento (Poesía, 2005): Comentarios


Espacio de luz
Por Antonio Gamoneda
Es importante decir que La palabra liberada y Oscuro nacimiento se leen con fervor creciente. Son dos bellos libros en los que la palabra reveladora crea un espacio luminoso en torno a su estremecedora gravedad existencial. Celebro la presencia de esta palabra poética.
(León, octubre 13 de 2006)


La fuerza de la duda
Por Claude Michel Cluny
Varios poemas de Oscuro nacimiento me son demasiado próximos por su temática: «Canción de la ceniza», «Génesis», «Quinto punto cardinal»; todos en sombra y fuego, esperanza y muerte, permanencia y desaparición… ¿Dónde nacer, y cuándo, y por qué?
Sé que estas breves palabras no alcanzan a expresar que mi lenta lectura de ese poemario fue una felicidad.
Sí, con cada nuevo libro adviene la duda de poder una vez más caminar sobre el mar. Gonzalo Márquez Cristo constata el destino de todo verdadero artista que se interroga sin hacer concesiones. Su secreto: hacer de la duda una fuerza.
(París, 3 de agosto de 2005)


Poetizamos, entonces somos
Por Franco Volpi
«Sabemos que la oscuridad nos hará libres. Que el porvenir es un crimen. Que tendremos que guiarnos con las nubes. Que hasta aquí hemos traído a nuestros ojos inermes...
Sabemos cómo oficiar lo invisible y que el rocío conoce el drama de la aurora.
Vigilo todo lo que muere. Decido ser.
Encomiendo al poeta la protección del instante.»

¿Qué es la poesía? ¿Qué significa esta rara modificación de la vida que sublima la sangre en versos? ¿Y de dónde brota este recurso simbólico que alimenta nuestra sed de absoluto mientras navegamos a vista entre los archipiélagos de la finitud? ¿Por qué el hombre es un animal poeticum?
No sabiendo de donde venimos, no viendo a donde iremos, nos hacen falta gotas de lucidez. Eso son las palabras poéticas: chispas de la imaginación en la oscuridad del camino, arabescos que la fantasía dibuja en torno a un inmemorable nacimiento y a un imprevisible destino, recuerdos de sueños angélicos y alusiones a sombras infernales. Poetizamos alborotados por el misterio de la carne. Por su densa y fugaz presencia que atraviesa la noche, brilla, y se apaga. La poesía es el único lugar donde vale la pena habitar.
Leemos Oscuro nacimiento, y constatamos: Poetizamos, entonces somos.


Poesía y oráculo
Por Marco Antonio Campos
Nos atrevemos a creer que, si Gonzalo Márquez Cristo quisiera definir lo que es el poeta, lo pensaría como un iluminado de la noche. Borges decía que un autor crea sus predecesores. Por un lado, la lírica de Márquez Cristo parece buscar sus raíces nocturnas y sus sombras oraculares en la poesía del romanticismo inglés y alemán, en especial en el William Blake de los libros proféticos y los proverbios del Matrimonio del cielo y el infierno, en el Hölderlin de las Odas y los Himnos y en el Novalis de los Himnos a la noche, pero asimismo, por otro lado, en el Georg Trakl que describió –vaticinó– en sus libros, en imágenes purísimas y terribles, el ocaso y la destrucción del imperio austriaco.
En los versos de Márquez Cristo la oscuridad guarda hendiduras fulgurantes, el deseo quema y hiere, la vigilia sirve para elucidar los aciagos signos de las imágenes de los sueños, los navegantes pierden las estrellas y cada paso por el camino de la vida nos lleva a adentrarnos poco a poco en la niebla funesta.
Llenos de admirables versos enigmáticos, los poemas de Oscuro nacimiento nos subyugan. Eugenio Montejo señala muy bien en la nota liminar de La palabra liberada, que a través «de un versículo abierto, desceñido, que confiesa despreciar el cuerpo vertical de los poemas, su voz se abona al combate de la sombra, desde un tono recorrido por cierto rasgo críptico». Como la sibila, el augur o el hechicero, el poeta, para Márquez Cristo, da respuestas ambiguas o mensajes oscuros. Poesía y oráculo se identifican en algún momento al volverse un aluvión de signos.
Especialmente notable es el poema final, «La sombra incandescente», que resume y culmina su obra anterior, y el cual me hace evocar en alguna dirección el orbe de desesperanza y catástrofe que describió en su poesía Georg Trakl. Además de la lectura de orden subjetivo que el lector puede hacer del poema, donde todo para el poeta termina personalmente en la derrota y en el fracaso, en una interpretación objetiva, «La sombra incandescente» es también emblemáticamente un retrato trágico de los acontecimientos de la vida política de los últimos cincuenta y cinco años de su Colombia natal, donde se ha vivido la voracidad del poder y su avalancha de lodo y se ha sufrido la guerra con sus árboles negros.
Editor impecable, lector afiebrado, Márquez Cristo no tuvo infancia ni adolescencia en su escritura. Desde sus primeros poemas, en el campo de árboles, sólo se vieron en las ramas frutos maduros.
(México D.F., enero de 2005)


La palabra del origen
Por Enrique Rodríguez Pérez
Todo poema nace entre un juego de luz y sombra. Lo poético consiste en experimentar en cada imagen ese nacimiento, sin nacer; ese amanecer sin que la luz emerja. El libro de Gonzalo Márquez Cristo, Oscuro Nacimiento, se sostiene en esa tensión entre el nacer y el morir y se convierte en experiencia de escritura, en palabra que sufre el origen: Portando la palabra será imposible recobrar el paraíso, lo sabemos, pero buscamos el olvido de la escritura.
Este libro al abrirse deja aparecer la poesía minuciosamente. Como un halo doloroso brota el poema sin versos, el poema oscuro: Pretendo que todo lo perdido se convierta en poema. Pero es la precisión de esta palabra decantada la que toca los ojos del lector. Quedamos en la sima de un silencio que rompe las palabras, en un juego circular que abruma y hace padecer el nacimiento. La palabra adensa la experiencia con el mundo, se contrapone sufriente entre el silencio y el nombrar. Este libro es, de principio a fin, una poética: Ninguna palabra ha permanecido ilesa.
Esta conciencia poética hace mirar el origen, la fuente de donde todo parte. Pero ese origen se oculta en una luz que retiene la sombra. De ahí que cada texto nos cause estremecimiento, asombro. Porque retornar al origen produce horror, nos aproxima a la muerte, pero también a lo ausente, a este mundo que nos rodea y que ya se ha vuelto desértico, se ha convertido en ciudad: Encarcelados en una ciudad de falso cielo azul, vimos pasar a los perseguidos, a los que regresan y a todos lo despojados del asombro. Sólo hay soledad, ausencia: La noche es mi regreso. Transito el museo de la ausencia, o: conocí pronto la ecuación de la ausencia y nadie volvió a traerme noticias de la luz.
Así la palabra de Gonzalo Márquez linda entre pensamiento y poesía, porque enuncia esa lucha del lenguaje. Una contienda originaria, un nombrar primigenio que tiene que volver a restablecer la relación perdida entre lo visible y lo invisible. Y este es un acontecimiento trágico y abismal. Recordemos a Borges, a Vallejo, a Lezama Lima. Sólo nombrando ese vacío puede la palabra hacerse pensamiento y el pensamiento poesía: Como todo lo que se hace visible para morir. Pero no es fácil la experiencia del poeta; no hay compañía sino anulación del yo: Cada origen decretará la abolición del yo y se precipita en la intemperie, entre la soledad que se acrecienta cada vez que se nombra el origen: Quise desnudar el objeto. Perturbar el origen. Contraer el lenguaje a una edad anterior a la vida para pronunciar el primer sí. Y eso aumentó mi soledad.
De modo que cada verso, cada expresión de Oscuro Nacimiento, es un aforismo, una impresión sustancial sobre el universo y la existencia. Pero esa exactitud lograda en la palabra, vuelve más duro el encuentro, la revelación. Entonces, con certeza decimos, es un libro perfectamente poético, deliberadamente reflexivo, hondamente sentido. Cada palabra es una destrucción que nombra lo invisible, que oscurece la mirada, y sólo experimentamos lo sublime: Para construir el abismo me entrego al resplandor que aniquila, que escalda mi rostro.
Todos los poemas de este libro tienen una intensidad que nunca declina y esa sensación se percibe en todo el libro. Se ha tejido consistentemente una cosmovisión, una mirada, una voz. Cada verso duele en este poema: Lo tenía todo hasta que llegó la palabra. Esa contradicción a la que todo lenguaje poético nos lleva y es sólo espejo del existir. Y aún más, cuando leemos: La sublevación del deseo nos dejó a la intemperie. Sin nada, abiertos a una oscuridad que aclara, que rompe y que intranquiliza. Y aún más, la angustia se acrecienta cuando se oye: No sé cuánto más debo perder para que me sea develado el poema. No sé cuál es la sed que debo atizar para continuar en la respiración. Eludí las rutas propuestas por el sol. Bauticé todo lo perdido. Habité la Edad del grito. Emprendí el camino hacia mi voz.
En fin, cuánto hacía falta un libro como este en nuestra poesía colombiana contemporánea. Cuánta necesidad teníamos de una palabra depurada, cuánta precisión en la voz y cuánto pensamiento se había hecho ausente. Pero, por fortuna, para el sufrimiento del decir ha llegado este libro de Gonzalo Márquez.


Oscuro nacimiento
Por Gabriel Arturo Castro
Desde la creación de sus primeros libros, Gonzalo Márquez Cristo sabe que la noción de poesía no se puede oponer a la de pensamiento, pues éste último hace parte de la profundidad necesaria del poeta. La hondura es característica de la auténtica poesía, junto a la búsqueda de lo recóndito, lo abismal y lo intenso, es decir, de la inmensidad. Escribir es sumergirse en el origen de la palabra: la oscuridad, el enigma, lo incierto, lo desconocido. Antes de la luz siempre fue la palabra o lo que es lo mismo, la poesía proviene de la sombra, enseñanza extraída de la lectura de Oscuro nacimiento. El epílogo de Franco Volpi así lo atestigua:
No sabiendo de donde venimos, no viendo a donde iremos, nos hacen falta gotas de lucidez. Eso son las palabras poéticas: chispas de la imaginación en la oscuridad del camino, arabescos que la fantasía dibuja en torno a un inmemorable nacimiento y a un imprevisible destino, recuerdos de sueños angélicos y alusiones a sombras infernales.
Pero más allá de la fantasía y la imaginación, la lucidez también es meditación y su presencia es necesaria en la emoción creadora, la sorpresa, el placer y la conmoción. Por fortuna, la poesía de Márquez Cristo, de la manera apuntada, invita a la revelación, a poseer una actitud alerta frente al enigma. Él es un poeta que torna las cosas oscuras claras, quizás cenitales. Convida a descifrar el eterno reverso enigmático, desde la oscuridad y la lejanía, con destino a la claridad y a la cercanía. Concilia, por lo tanto, el elemento metafísico con lo emotivo de la creación, le brinda a la intuición poética un cierto contenido filosófico y existencial, pero dotado de un lenguaje personal, de un universo propio. La poesía de Oscuro nacimiento procura resolver lo indescifrable, lo inexplicable, lo incomprensible e inescrutable, todo dentro de la búsqueda de la antigüedad eterna sin perder el horizonte de la novedad, hablando ya desde las orillas de la expresión. La filosofía y la poesía, en cuanto a su poder de reflexión y revelación, según grandes estudiosos del tema, cumplen una función liberadora.
Exploración, tentativa, riesgo, aventura que podría llamarse como uno de sus poemas: Descenso a la luz, donde expresa en uno de sus apartes:

La noche es mi regreso. Transito el museo de la ausencia.
Todo sufrimiento es inútil para quien no persigue la poesía, para quien no alimenta con sus ojos a las águilas.
Ejercito la sed. Amo tan sólo a quienes no pude salvar.
Ya no existe una oscuridad que guíe nuestros sueños ni los fantasmas del deseo inconcluso; sólo el abyecto intercambio que ha reemplazado al rito.
Ya no busco, pierdo...
Y ni siquiera encuentro un lugar en el asombro.
No puedo olvidar más. Ni pretendo saber las tres respuestas ocultas por la muerte.

Libro tras libro, Márquez Cristo le ha dado vuelta a esos enigmas (adivinanzas, acertijos, predicciones, augurios) y les ha añadido nuevas esferas de preocupaciones, entrevisiones, círculos y fulguraciones. También espirales que forman su recorrido poético, una sucesión de estrofas a manera de sentencias, máximas o definiciones que se reúnen en el texto de forma casual, buscando lo incondicionado poético. El cuerpo del poema es, por lo tanto, fragmentado intencionalmente, siendo cada frase autónoma y capaz a la vez de asociarse con otras para un formar un sentido, de acuerdo a la actividad del lector. Incluso las máximas se pueden permutar más allá de su finalidad inicial, desprendiéndolas del texto original, hecho que podría establecer una relación de lectura oblicua, pues la poesía posee un carácter de desviación e inclinación del sentido. Leamos el texto titulado Desiertos como ejemplo de esta forma que se vuelve camino de ida y vuelta:

Una máscara para el día, una revelación para la noche.
Perdido el misterio, dependemos del adiós: del sortilegio dividido.
Del hastío a la evasión perfecta conocemos todas las formas de la herida.
El despertar abolió sus ceremonias. Usamos el delirio y no pudimos proteger la hoguera del asombro.
¿De qué estás hecho paraíso?
Liberamos los pasos. Padecimos la alianza en fuga, el presente demediado... y la imaginación nos hizo sufrir.
Siempre que buscamos la belleza encontramos el miedo. Conocimos la hora proclive a los recuerdos y la mirada inquisidora de los objetos ofrendados.
El mar ya no vino por nosotros... La lluvia del terror caía en las espaldas. La tempestad nos hablaba de la vida.
¿Cómo hago ahora para franquear la ausencia?


La elección de cada máxima está cargada de convicción, certeza, azar y premeditación al unísono: «La culpa que deja partir es el amor»; «Cada origen decretará la abolición del yo»; «Ninguna palabra ha permanecido ilesa»; «Aquí sólo el fuego conoce los caminos»; «Cuando la sombra nos precede sospecho que el tiempo me vigila»; «Los más precarios ídolos controlan el terror»; «Encomiendo al poeta la protección del instante»; «Cuando se interrumpe el tiempo alguien decide nacer»; «Ninguna pregunta será resuelta hasta que culmine el canto del agua»; «Conocí pronto la ecuación de la ausencia y nadie volvió a traerme noticias de la luz»; «La sublevación del deseo nos dejó a la intemperie»; «Nos han forzado al reino del olvido. Los colores inventan las tinieblas y nuestros nombres se tornan cifras»; «¿Cuánto sabe el espejo de la muerte?»; «Nadie arde dos veces en el mismo fuego»; «Esperamos un sosiego cruel que nos habían prometido»; «¡Porque aquello que soñamos será nuestro suplicio!»; «Estaremos solos. La palabra ha sido puesta en potro de tortura»; «Nosotros los desposeídos, quizá alcancemos el agujero para salir a la vida, allá arriba»; «Todo lo que pretendo cantar no pertenece a la vida»; «Perseguimos hasta aquí al dios errático del deseo y conocimos su destino de ceniza»; «Porque debajo de nuestros paradigmas aguara el limo, debajo del arquetipo la momia del espanto...».
Existe una voluntad de explorar un problema, un dilema de naturaleza filosófica y espiritual. Es que Oscuro nacimiento nos habla de la ausencia, la pérdida, la herida, el recuerdo que pugna por emerger, la culpa original, el desequilibrio de la belleza, las respuestas ocultas por la muerte, la abolición del yo, la angustia por recobrar el paraíso, el dolor, el poema como incendio de la tiniebla, la escritura y su relación con el cuerpo, la fuente del lenguaje, el retorno del nómada, el renacimiento, la instigación contra la noche, la imaginería de la guerra, la escritura y el olvido, el destierro del hombre, el futuro o el porvenir, la memoria del sobreviviente, la interrogación del sueño, el papel del odio, la intervención del silencio, el despojo de la palabra, el hastío y la evasión como formas de la herida, las vecindades entre el miedo y la belleza, el espejo y la muerte, el tiempo y el amor, la derrota, el abismo, la ceguera, la derrota provechosa, el grito, la inquisición, la esclavitud por el deslumbramiento, el misterio, la antigüedad del hoy, el delirio perseguido, el viaje del deseo, el poema enfrentando a la muerte, el poder y su voracidad, la búsqueda, la pasión, la rebelión, la prisión de la escritura, su apocalipsis.
Al respecto Marco Antonio Campos señala en el prólogo:

En los versos de Márquez Cristo la oscuridad guarda hendiduras fulgurantes, el deseo quema y hiere, la vigilia sirve para elucidar los aciagos signos de las imágenes de los sueños, los navegantes pierden las estrellas y cada paso por el camino de la vida nos lleva a adentrarnos poco a poco en la niebla funesta.
Llenos de admirables versos enigmáticos, los poemas de Oscuro nacimiento nos subyugan. Eugenio Montejo señala muy bien en la nota liminar de La palabra liberada, que a través de un «versículo abierto, desceñido, que confiesa despreciar el cuerpo vertical de los poemas, su voz se abona al combate de la sombra, desde un tono recorrido por cierto rasgo críptico». Como la sibila, el augur o el hechicero, para Márquez Cristo, da respuestas ambiguas o mensajes oscuros. Poesía y oráculo se identifican en algún momento al volverse un aluvión de signos.
De acuerdo, la poesía de Márquez Cristo está reservada para espíritus profundos, ya que su palabra introduce una resistencia extraña, lenta, producto de experiencias, impulsiones e imágenes maduras. Las líneas son frases íntimas, ideas, percepciones, intenciones, pensamientos, preguntas, resoluciones interiores, estrofas que hablan de cosas ausentes, secretas y sentidas. Palabras, relaciones, impulsos, imágenes, un lenguaje vivo que sobrevive al cifrado, a la oscuridad de su nacimiento y que por lo tanto inaugura un universo poético de formas sensibles que proceden a su vez de ideas meridionales, sustanciales. Los actos de dicho universo son estados, encantamientos, formas sobre un espacio, ritmos, acentos, movimientos con fondo incluido: ideas, memoria, sensaciones y afectos. Aquí «la memoria es la sustancia de todo pensamiento», el sustento de la actividad interior que trajina sobre la ausencia y la pérdida:

Conocí los pájaros que escapaban de los libros. Las ventanas de viento, las puertas del agua. Después advino el mantra carnal, el aluvión de signos. Caravanas de sombras arrasaron mi lecho. Padecí el exilio de un lenguaje demasiado antiguo.


La poesía de Oscuro nacimiento, menciono otra de sus virtudes, no depende totalmente de su contenido intelectual y ello es un atributo en tiempos de ciertas modas literarias, pues detenta un sabor de antigua magia, de encantamiento extraño. Por lo tanto, el presente libro es más que un trabajo inteligente, dada la combinación de voz misteriosa y meditación, acción y percepción, pensamiento y azar, tal como lo expresara Franco Volpi al referirse a esta inquietante obra: «Poetizamos alborotados por el misterio de la carne. Por la densa y fugaz presencia que atraviesa la noche, brilla, y se apaga. La poesía es el único lugar donde vale la pena habitar».