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La palabra liberada (Poesía, 2001): Comentarios

La palabra libertadora
En todas las frases (¿aforismos, sentencias o conceptos?) de La Palabra Liberada de Gonzalo Márquez Cristo, resalta esta evidencia: todas nacen de un grito de rebeldía, de amor o de angustia; todas surgen de un interrogatorio vehemente, todas viven de los hallazgos del gran poeta que es su autor. Desde el inicio de esta obra, con un título tan justo, nos encontramos con estas frases: "Tus palabras caen como puñados de tierra sobre un cuerpo desnudo"; "aquí comienza el instante". "¿Quién clama? ¿Quién responde entre la sangre? ¿Quién descubre su sombra incandescente?" Búsqueda siempre interrogativa que contiene la riqueza de lo indefinido, donde esta palabra liberada no se delimita, no se inscribe, no determina, no trae el enigma del ser humano o su herida esencial, por escapar siempre en su revelación: "En el viento hay un mensaje que no comprenderemos", "el viento dialoga con el fuego". Y así, esta voz jamás se somete a la imposición del sentido de la existencia, sea metafísico o social; porque su grito tiene una fuerza elemental e incierta, vibrante de sangre, que se convierte en una palabra libertadora, es decir, en poesía.
(Lisboa, Portugal, Julio de 2001)


Prólogo de la Palabra liberada
Por Eugenio Montejo
Noche, única luz en la que creo, afirma Gonzalo Márquez Cristo en este nuevo poemario. Una declaración que parece remitir menos a las noches de Tasso, o al sentido de nocturnidad romántica, que a cierta noche objetiva, palpable, hoy instalada como un indeseado eclipse sobre su tierra y la vida de sus gentes.
Desde esa noche nace su aspiración a una palabra liberada, así como su angustiada pregunta acerca de quién podrá salvarla en esta hora.
Mediante un versículo abierto, desceñido, que confiesa despreciar el cuerpo vertical de los poemas, su voz se abona al combate de la sombra, desde un tono recorrido por cierto rasgo críptico. Tal vez más que la belleza lírica como principal desvelo, la escritura de estos textos se propone algo mucho más urgente, algo que por instantes se encarna en esta invocación: «¡Que el lenguaje alcance para no morir!»
(Bogotá, agosto de 2000).


La palabra esencial
Fernand Verhesen
Los acontecimientos de la vida, que repercuten desde tantos lugares dolorosos del planeta nos asedian, y Gonzalo Márquez Cristo los asume con un rigor que no excluye en nada las vibraciones sensibles, invitándonos a meditar sobre el pequeño rol que jugamos, cada cual, dentro del infinito circuito de nuestro destino personal y del lugar exiguo que ocupamos momentáneamente. “De la vaporisation et de la centralisation du Moi. Tout est là,” decía Baudelaire. Y lo más importante, según mi percepción, es que los otros poetas mayores de nuestro tiempo no dicen otra cosa (yo pienso en André du Bouchet, en Jacques Dupin, etc.), y esta es sin duda la cuestión fundamental que posee La palabra Liberada.
Pero si los elementos de la vida que no somos capaces de aprehender (de la nuestra y de aquella elusiva de todos los otros) encuentran un encadenamiento lógico escamoteándonos las verdaderas preguntas y el drama de vivir, sospecho que a través de una suerte de coherencia adherente que solo la poesía puede ofrecer, podríamos estar cerca de su fuego elemental. La poesía al asumir una realidad, sin describir (ella no describe evidentemente jamás nada), sino al probar (el lenguaje es un medio, no un fin), realiza esta arriesgada prueba donde se comunica con interrogantes, con cuestionamientos, porque si ésta aportara una respuesta, como parece vislumbrarlo Márquez cristo, no sería más poesía. Ella desea entonces la protección de un maestro que no tiene y no tendrá jamás: por ser palabra liberada, pero sobre todo liberadora, y por ser sin duda ella el único lugar del mundo donde aún podemos vivir nuestra libertad verdadera.
(Bruselas, Bélgica, Septiembre 14 de 2001)


La palabra liberada
Por Ricardo Sánchez
Un poemario desde la experiencia de la poesía, inscrito en una tradición y renovado en los viajes a la vida que son infiernos, para buscar la purificación en la palabra. Gonzalo Márquez Cristo podrá entonces exclamar como divisa, como vitalidad y metafísica: “Sólo en la poesía alguien me hallará!”
Superación de la escisión entre vida y tradición, intento de salvación a partir de un ajuste de cuentas contra lo existente. Una nueva versión del nihilismo, el que sabe que todo es mentira, que los valores no valen porque tienen precio. Pero que sucumbe ante el altar de la poesía: su espacio es “el Templo sin Dios.” Pero hay templo sin Dioses? No es la resurrección de la palabra? El valor de la palabra poética como valor supremo. Una metafísica delicada como fruta jugosa en medio del desierto de la soledad humana.
Gonzalo Márquez va de lo vital a lo cósmico. De lo personal a lo histórico. Del amor sin remedio, ni como remedio, ya que el dolor está siempre, implacable como perdida y como presencia: “¿Cuantas ofrendaron su dolor? / Ahora siempre estoy solo.”
En su largo poema que nombra al libro, el poeta se enfrenta a lo real de su espacio social, donde vive sus deseos y sus derrotas e interpreta los sentidos y las sinrazones. Podrá memorablemente decir como si quisiera testimoniar sin historia, con trémula emoción: “Sufro la desgarradura de pueblos agonizantes y de obnubilados imperios. Del país donde debemos reinventar la palabra miedo. De las rapacidades y de la exacerbada imaginación del exterminio. De todos los amenazados, de la ciudad donde alguien tiene cautiva la voz. De los interminables éxodos.... De la única respuesta que a todos pertenece. ¡Qué al morir tengas un nombre en la boca!”
En el Liminar a este libro, Eugenio Montejo propone una clave, un atisbo al sentido de esta poesía, la que surge de pensar este espléndido verso: “Noche, única luz en la que creo”, como una declaración que alude “a cierta noche objetiva, palpable, hoy instalada como un indeseado eclipse sobre su tierra y la vida de sus gentes.” La metáfora de los tiempos que vivimos, donde la esperanza pertenece a los sin esperanza.
Del aforismo al poema parece ser la fórmula, el estilo sin cadenas conque el poeta, enfrenta su contradicción, el desgarramiento entre vida y código, entre pasión e institución. Por ello, la palabra liberada y liberadora para que no sea adorno.
Estos asuntos de la reflexión y de la creación poética atraviesan todo el quehacer artístico en su sentido más amplio y universal. Son una dialéctica intrincada, explosiva y mestiza. No como sumatoria sino como drama y complejidad. En esta poesía de Gonzalo Márquez se nombra, se bautiza, se hace metamorfosis. Como cuando murmura: “El poema, es decir, el deseo, jamás tiene otro rostro.”
En este breviario de poesía hay un hilo explícito del barco ebrio, su linaje es maldito. También hay una temporada en el infierno, como en el verso críptico: “Sabes de un paraíso que nunca será memoria.” y el poema provocador ¿Quién dijo que morir era viajar?
Y sin embargo el poeta es piadoso, la palabra como virtud para exorcizar el miedo, para volver a bautizarlo, para domesticarlo. La poesía como enunciación, podrá decir con Lacan: El deseo es imagen y el amor palabra.
Ha tenido el acierto este poeta de ilustrar su libro con una serie de los demoníacos ángeles del maestro Angel Loochkartt.
(Bogotá, julio de 2001)


La poesía: ceremonia de la paradoja y el despojamiento
Por Mauricio Contreras Hernández
La palabra liberada, la poesía reemprende, incesante, la cartografía de sus límites, de sus desplazamientos, de sus pliegues-despliegues-repliegues, en un movimiento de eterno retorno que trastoca la cómoda linealidad del tiempo sucesivo, la servidumbre que impone dar cuenta del suceso presente.
“Viajo, deseo, escribo: camino negando mi sombra. Quiero que el color y la voz entreguen sus signos. ¿Vendrá entonces la desnudez?
Intento decir la respiración a la que hemos sido condenados. La herida: la música. El silencio siempre ulterior, la profecía que define al mal, los rostros del fuego, el oriente de la escritura.”
Horadando en la oscuridad de la permanencia el poeta funda ámbitos efímeros y se abre paso por entre quienes pregonan la razón y ofrecen la verdad, hasta dar a luz el vacío de las preguntas abiertas: gravidez del significado.
“¿Pero acaso no es en el amor donde ensayo mi soledad? ¿No siento desde mi niñez nostalgia de la nada? ¿No supe en la adolescencia que en cada amanecer alguien manchaba mi rostro de sangre?”
Una voz que insiste en lo plural busca el silencio, moldea el grito que quiere ser creencia, raíz, atisbo de oráculo. Márquez Cristo busca también un lenguaje que, despojado de pesantez, fije lo móvil y multiforme de eso llamado realidad que es, igualmente, lo que pretende recusar. Así lo escuchamos decir:
“A veces la luna: la memoria, o a veces el sol: el forastero, nos obliga a la esperanza. Sin embargo cada uno sabe la forma y la hora en que será asesinado.
Si la indiferencia vuelve a ser dolor... ¿podremos salvarnos?”
Esta poesía con “cierto rasgo críptico”, como dice Eugenio Montejo en el prólogo del libro, pone en cuestión aquello que nombran las palabras. De ellas mismas siempre se sospecha aunque tal recelo sea su afirmación o el deseo de ellas. El gesto agresivo de tener la razón es denunciado con el matiz del acaso. Remontar el origen, habitar la memoria, desnudar la muerte para nacer de nuevo. No basta descifrar enigmas ni obligarse a la esperanza. No hay satisfacción en la certeza ni en la arrogancia del vencedor. Mas tampoco son suficientes la soledad de los dioses, el exilio ni la súplica vana.
“Tiempo de postergaciones... Aquellos que nacen hoy no tendrán luna, mar, relámpagos, tótems o dioses para nombrar su terror y sin embargo no estarán menos solos que yo.”
Esta poesía podría ser la ceremonia de la paradoja y el despojamiento. Aquí un yo-unos-ellos esperan, sue-ñan, sufren, creen en un tiempo que anida en los espejos y escamotea la comunión por el lenguaje. Nuevos ritos pide el poeta oficiante de altos vínculos, restaurador de la profecía del encuentro.
“Nuestro legado no será una filosofía del miedo o de la audacia.”
Y de manera continua, en medio de un derrumbe de imágenes, de promesas postergadas, de la devastación de la palabra, este libro nos evoca la pregunta esencial y balbuciente de Paul Celan:
“Tal vez –sólo pregunto–, tal vez la poesía va con un yo que se ha olvidado de sí mismo, a lo inquietante y extraño, y se libera de nuevo ¿pero dónde? ¿en qué lugar? ¿pero con qué? ¿pero como qué?”


La palabra liberada
Por Gabriel Arturo Castro
El presente poemario procura instaurar una constante reflexión filosófica, en cuanto se interroga la existencia del ser y el poema o sus partes se convierten en breves máximas, sentencias, aforismos o frases enfáticas. Al fondo escuchamos los ecos convulsos de Ciorán, las profundas intuiciones de René Char o los signos punzantes de Roberto Juarroz. Los poemas de Márquez emiten una voz que parte del ser trágicamente reducido a la nada, poseedor sólo de fragmentos y que arriba al ser de resoluciones, al de las grandes decisiones. La poesía redime y encumbra después de la ruina, del marginamiento. Nos plantea la utopía, la liberación, la revalorización de lo cotidiano, el espacio donde cuestiona y se explaya el pensamiento del poeta. Nuestro devenir se escudriña, interpreta y sondea mediante una «alquimia verbal» y «desesperado tránsito» por las imposiciones de la realidad.
En la contraportada se manifiesta acerca de «la descarnada lucidez con la que Gonzalo Márquez Cristo induce al crescendo de su palabra, presagia un dolor capaz de destruir la indiferencia, forzándonos a reclamar la necesaria forma de una esperanza que jamás podrá humillarnos».
El epígrafe inicial del libro, una cita de Vladimir Holan, así lo confirma : «No sé, no consigo recordar ... / Tendré que aprender de nuevo el dolor. ¿Cuánto tiempo estuve entre la muerte?»
El poeta ni rechaza ni justifica el dolor, lo trasciende mejor como respuesta. Leamos el final del poema titulado ¿Qué hemos hecho con el dolor?:
En este tiempo en que la verdad se parece tanto a la muerte preparamos un dolor desconocido. En este instante que la desgracia nos hace libres, el cambiante asesino, el esclavo de la geometría, recorre su elegida ruta del terror y alguien lo escucha golpear en nuestra puerta.
Como todos los poemas de La palabra liberada, éste también fascina por su fuerza, gracias a la subjetividad, vida interior y emoción del sujeto que enuncia. Observemos ahora el inicio del mismo poema:

Hemos visto la eficacia de la devastación. La muerte no fue domesticada y ahora queremos conocer la venganza que hay en la paz.
La rebeldía se hizo inútil y nos detuvimos. Volvimos al silencio o a la palabra elemental, la del origen, y estamos en peligro... Oramos abrazados a un roble. Creemos en los paraísos de la obsesión.

El dolor en estas creaciones pertenece al mundo de las percepciones y las sensaciones, así ellas se produzcan dentro de un aislamiento existencial. La nostalgia es inevitable, el pesar por el alejamiento de los lugares, la distancia, la provocación de la memoria.
Márquez Cristo nos habla, entonces, de las palabras perdidas, de quien lee la escritura de la lluvia y «sin embargo no puede escapar». La palabra se extravía tras una multitud de imágenes, luego el hombre acude al grito y al llanto, a veces a la indiferencia, incluso a la guerra que nos brinda la ceniza. Tras la desaparición de las alianzas y el destierro de la noche, nos cuenta el poeta, nuestros perseguidores son capaces de hallarnos. La noche que es herida, túnel, origen de la vida, «noche, única luz en la que creo», «una declaración que parece remitir menos a las noches de Tasso, o al sentido de nocturnidad romántica, que a cierta noche objetiva, palpable, hoy instalada como un indeseado eclipse sobre su tierra y la vida de sus gentes. Desde esa noche nace su aspiración a una palabra liberada, así como su angustiada pregunta acerca de «quién podrá salvarla en esta hora», de acuerdo con el prólogo de Eugenio Montejo, hecho que podemos verificar en el poema Cruz del sur:

Noche, única luz en la que creo, puesta en peligro, será arduo saber de dónde proviene el corazón.
Por ti asumiré la verdadera amenaza (volver a las raíces), e inventaré el amor: mi llama horizontal; para poder esperar sin miedo al navegante rostro del espejo, al próximo dios asesino, al oscuro sol siempre escondido en el deseo, al adentro que se va...
Seguro sólo del árbol que ofrezca sombra azul.

Es clara la intención de La palabra liberada de combatir desde la sombra (a partir de un lenguaje oculto, «críptico», como lo llama Montejo) a la muerte, al dolor. Los poemas son una serie de definiciones, digámoslo así, que funcionan simbólicamente. Hay laceración y oscuridad en el sitio de la razón poética, pero, por otro lado, las palabras resultan capaces de contener esas fuerzas dentro de una trama verbal ya sintetizada. La palabra gana vehemencia y simboliza verbalmente los estados interiores. Únicamente de este modo nos puede decir: «Cuando eliges el rumbo del dolor alguien te da un sorbo de agua»; «Perturbaremos la muerte para transformar el amor»; «Si la indiferencia vuelve a ser dolor...¿Podremos salvarnos?»; «En este tiempo en que la verdad se parece tanto a la muerte preparamos un dolor desconocido»; «Sufro la desgarradura de pueblos agonizantes y de obnubilados imperios. Del país donde debemos reinventar a la palabra miedo»; «Me someto a este tiempo que sepultó espectros, que inventó la inútil fantasmagoría de la imagen y el canto falazmente encarcelado»; «Las miradas fijaron nuestra máscara. Las palabras comenzaron a tapiarnos. La comunicación nos hizo solitarios. ¡Sólo en la poesía alguien me hallará!».
El poema asiste a una dramatización del contenido. Cada estrofa del texto se une para otorgar la unidad de sentido, así el orden verbal no exista. La correspondencia entre las líneas las otorga el lector, ya que vamos a las puertas de una zona conceptual, umbral que penetran las palabras, una especie de fuerza verbal, generadora de un movimiento hacia adelante, rumbo a los linderos de un dolor de interpretación metafísica. Como los poemas son aparentemente fracturados, a través de una serie de estrofas, su resolución depende de aquella interpretación lectoral. Al igual que otros eventos no puede haber recepción pasiva de las ideas, metáforas y los símbolos propuestos, y por lo tanto del rango reflexivo desarrollado. El dolor se trasforma en poesía, abstracción, advertencia, cavilación, preocupación por el destino del hombre, recogimiento que se resuelve al proclamar o expresar una tensión, al devenir en palabra:

Viajo, deseo, escribo: camino negando mi sombra. Quiero que el color y la voz entreguen sus signos. ¿Vendrá entonces la desnudez?
Intento decir la respiración a la que hemos sido condenados. la herida: la música. El silencio siempre ulterior, la profecía que define al mal, los rostros del fuego, el oriente de la escritura.

Es necesario ser enfático: el dolor habita en el cuerpo con imágenes y conceptos, se expresa en el discurso y la enunciación, pero al tiempo se vuelve lenguaje. El dolor es ya una experiencia, pues forma parte del ser personal:

Vengo de la palabra. La he sentido incesante cabalgando mi respiración, adherida al pensamiento, destruyendo mis sueños.
Observo al mundo por las fisuras de las letras. Padezco la transformación de los aromas en sílabas y de las sensaciones en epitafios, pero los ojos abren abismos, el tacto funda temblores y la voz regresa al viento.

El dolor es el de adentro, el de la utopía, o sea, el empeñado en fundar una verdad interior o decir lo prohibido. Morir, huir o persistir en los terrenos de la poesía, he ahí la cuestión, estar entre el miedo y la soledad. «Por eso la palabra se pasa de mano en mano para construir una morada invisible», sentencia el poeta. La poesía o el grito, es lo mismo, lo importante es invertir el curso de la sangre, sanar la herida, retener los sueños, conocer el enigma, «hasta que se inicie el tiempo del espejo liberado».
En el libro La palabra liberada encontraremos revelaciones e iluminaciones, «hallazgos que se debaten contra el implacable dominio del miedo, nos estremecen obligándonos a decir con él: «Quién interrumpirá el monólogo del terror y denunciará al dios que siempre habita en la ausencia?».

Apocalipsis de la Rosa (Poesía, 1988): Comentarios

Textos de la contraportada de la 2a. Edición
Apocalipsis de la Rosa me parece un valioso ejemplo de lo que debe ser la poesía... Me atrae especialmente su sentido de los contrastes fundamentales, su pacto con la sorpresa, la contención del lenguaje, la natural osadía para atravesar los límites, la proyección de silencio que hay en sus palabras, el modo de buscar la videncia iluminadora y no el artilugio o el simulacro que sólo deslumbra a los incautos.


(Temperley, Argentina, julio 11 de 1989).




Apocalipsis de la Rosa es un pequeño libro cautivante. Por la grandeza de su inspiración, por la sorpresa de las imágenes que siempre tienen un gran poder y actúan dentro de lo impredecible, permanecemos bajo su bello suspenso, desconcertados, felices, al borde del abismo... ¡Su poesía fuerza la intimidad de los dioses!


(Le Lyaumont, France, marzo 6 de 1990).






Donde la memoria imagina y la imaginación memoriza... Donde el sueño vigila y la vigilia es ensoñación hasta en el despojamiento mismo de las imágenes, Gonzalo Márquez Cristo existe con nosotros en la duración de su poema, desnudando los instantes, llevándolos más vivos a ese plano que quiebra todo espejo para saltar al vacío. Un vacío, quizás, más pleno. Apocalipsis de la Rosa... pero ¿de cuál rosa? ¿La nueva infinitamente ausente de todo ramo? ¿O, más bien, la que vuelve a abrirse presente a un mundo donde sólo lo misterioso existe?


(Caracas, Venezuela, marzo 11 de 1990)


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El riesgo del enigma


Apocalipsis de la rosa significa, y mucho. No sólo por las incursiones en el misterio y en los abismos, siempre peligrosas, sino también por el tono noble y la conversión de los contrarios, tantas veces armónicamente feliz.
(Buenos Aires, Argentina, marzo 20 de 1990)




El deslinde del silencio
Por Jorge Rodríguez Padrón
La poesía de Apocalipsis de la Rosa es tan densa y desnuda a la vez... Una rara mezcla; porque también hay en ella un tono patético contrarrestado con una doblez sabia (no creo que irónica, pero se le acerca mucho); porque es poesía que parece enseñarnos (desde un eco moral) y, sin embargo, nos pone delante la imagen de alguien que, dubitativo y tambaleante, pide ayuda y comprensión al lector, al tiempo que le hace volverse sobre sí, y pensar si es capaz de tanto, siendo –como allí se ve– él mismo un menesteroso de sabiduría... Curiosa y satisfactoria mezcla. Desbordamiento y contención extrema.
(Madrid, España, abril 30 de 1992)




La última rosa
El hermoso libro Apocalipsis de la Rosa ha de alumbrar tu camino. Una sola rosa vale por toda la Tierra. Por lo demás, la rosa, como la luna, no fue casi mencionada en este siglo que termina, señal acaso de que la contemplación ya no existía. No lo habían siquiera supuesto los mejores poetas de la Dinastía Tang... y tantos otros. Tu invocación de la rosa insinúa la reivindicación de la antigua mirada. Sólo me queda alentar los futuros hallazgos de tu poesía.
(Lisboa, Portugal, Julio 9 de 1992).




La rosa que renace
Es muy difícil –porque se corre el riesgo de simplificar o falsificar procesos más complejos de lo que parecen– es­tablecer líneas poéticas dentro de una exclusiva tradición nacional, cuando se habla de un determinado país lati­noamericano. Y esto porque, a menudo, las lecturas que van formando a un escritor proceden más de afuera –en términos de espacio, de tiempo y de idioma– que de la propia tierra. Ocurre también, empero, que el gran poeta, que deja huellas indelebles más allá de las fronteras na­cionales, encuentre una mayor cantidad de adeptos (y también de imitadores) en el propio país. Es el caso de Vallejo en el Perú, de López Velarde en México, de Silva en Colombia.
Decía Cobo Borda que Silva “es la referencia ineludible de cualquier aproximación a la poesía colombiana del siglo XX (1).” Y bien, al leer Apocalipsis de la rosa, de Gonzalo Márquez Cristo, libro sorprendentemente madu­ro considerando la juventud del autor (n. 1963), y apenas se entra en contacto con su profunda raíz simbolista, sur­ge espontáneamente la evocación de dos poetas colom­bianos que confluyen precisamente en Silva; así: de Mu­tis, Márquez Cristo asume la disquisición filosófica a través de metáforas encadenadas. De Aurelio Arturo (aunque se trate de una poesía substancialmente distinta) hay un eco en la teoría poética (las palabras caían de los árboles) y en ciertas referencias (el regreso es apenas el sueño de los ríos). Pero Silva es el ancestro: la nocturni­dad, la música, el fluir del sentimiento misterioso, el sueño.
Por otra parte, la red simbólica que se va tejiendo en el li­bro de poema en poema denuncia la lectura de cierta poesía inglesa, sin duda Dylan Thornas, mucho más Yeats y acaso también Eliot: ya sea por las alusiones mi­tológicas que por las referencias esotéricas, a veces os­curas y hasta difícilmente descifrables, como por la crea­ción de un código hermético que busca la exclusiva complicidad de quien sea o aspire a ser un iniciado.
Como poesía de iniciación, en efecto, se nos propone desde el título Apocalipsis de la rosa donde el sentido eti­mológico revelación [del misterio] de la rosa puede transformarse (por extensión del uso de “apocalipsis”) en “desastre” o “catástrofe” o “destrucción” de la rosa, en la cual así mismo está implícita su reconstrucción. Y esto por dos motivos: primero, porque todo Apocalipsis impli­ca (al menos) una segunda cosmogonía; segundo, por­que la rosa misma es símbolo de regeneración.
Cuenta Borges que un joven de apreciables recursos económicos se presentó ante Paracelso para ofrecerle cuanto poseía a cambio de su iniciación en los secretos de la ciencia y de la magia (o de la alquimia). Con una condición: en pago de su devoción y de su entero patri­monio, el joven pedía una prueba inmediata del poder de Paracelso. Paracelso se niega. Una rosa es arrojada al fuego del humilde hogar. El joven exige que la rosa sea reconstruida a partir de sus propias cenizas. Paracelso se niega. No hay pruebas, no hay nada que probar. El joven desconsolado retira su generosa oferta y se va. Apenas se queda solo, Paracelso se concentra sobre el despojo de ceniza y la rosa, reconstruida, vuelve a resplandecer (2).
No obstante la promesa del título, el sistema simbólico de Márquez Cristo tiene su centro, no en la rosa, es decir en el elemento regenerativo, sino en el fuego, el elemento destructivo. La composición que cierra el libro es un largo y complejo poema que se llama, significativamente El Le­gado del Fuego, y que canta a la obra purificadora de la muerte: pródiga es la tumba. Al entrar en la vida perde­mos algo precioso: la participación en la Unidad misterio­sa y total. Los ritos mistéricos nos inician en la recupera­ción de esa experiencia. Dice nuestro poeta:


Y Lázaro
–amigo de la muerte­–
enseña que nacer
es despojar a la memoria.


Considerado a la luz de estas reflexiones, adquiere pleno sentido el epígrafe de René Char al comienzo del libro: ¿Modelar en el Apocalipsis, no es lo que hacemos cada noche sobre un rostro encarnizado en morir? La pre­gunta queda sin respuesta, naturalmente. Paracelso se negaba a dar pruebas del poder que efectivamente po­seía. En el código hermético el iniciado no recibe res­puestas confortantes. El misterio en el que debe apren­der a abandonarse es un abismo aterrador. Y sin embargo... todas las respuestas están ahí, para quien se­pa leerlas. El que tiene oídos que oiga, dice Jesús.
El fuego es símbolo ambivalente: tiene un aspecto des­tructivo, pero al mismo tiempo es el motor de la regenera­ción. En los ritos iniciáticos de muerte y renacimiento, el fuego se asocia a su principio antagonista, el agua, y se representan respectivamente con un triángulo isósceles ascendente y uno descendente (fuego = r, agua = s). Según una tradición iniciática Peul, el fuego es del cielo porque sube, mientras que el agua es de la tierra porque baja en forma de lluvia. El agua es de origen celeste y destino terreno; el fuego de origen terreno y destino ce­leste. El Verbo original es celeste, pero para que la pala­bra llegue al hombre debe encarnar primero en lo terrestre: la historia del fuego es cantada por el agua, dice Márquez Cristo; y en el verso se encuentran también los conceptos del Tiempo incesante (fuego) y del tiempo que transcurre (agua). El fuego representa la ascensión, la es­piritualización, “la purificación de la manera más espiri­tual, a través de la luz y de la verdad; el agua representa la purificación (a través de) la bondad (3).
Los Ahogados de la Lluvia de Márquez Cristo parecen haber quedado a mitad en el camino de la iniciación: Una efímera gaviota de luz en la retina / para quienes han sido trabajados por el agua. Los ahogados son los que perecieron en la búsqueda: la lluvia salda sus deudas, con ellos, tal una reafirmación de la inviolabilidad de lo desconocido y una misteriosa cancelación.
Lo importante, nos dice el poeta, es la búsqueda, no el re­sultado; lo importante es persistir en la pregunta: sólo el vacío puede detenerme: /inventor del alma feliz. En el despojamiento y en la anulación de la identidad se recu­pera aquella gozosa integración en la Unidad primordial.
Digamos ya que lo que Márquez Cristo va buscando a través de todo el libro y lo que va desmadejando a través de oscuros símbolos y metáforas entrecruzadas es for­mular lo que el estudioso de mística Elémire Zolla ha llamado experiencia metafísica (4), experiencia exhaustiva de la Unidad estática (5), vértigo donde el todo y la nada se fusionan(6).
El objeto de su búsqueda, entonces, nos lo confirma en la alianza con los poetas colombianos que sugerimos al principio.
De poema en poema Márquez Cristo va creando en el lector una zozobra que es la de su misma búsqueda. Y ella parece obedecer a una doble razón: a la dificultad pa­ra encontrar el medio expresivo adecuado y a las vacila­ciones de la fe. El medio más adecuado sería en realidad la suspensión del signo, es decir, el silencio, y el poeta lo intuye, como bien sabe que toda desnudez verdadera es invisible. El libro que estamos leyendo es un recorrido místico pero en él, como en un vía crucis, la fe vacila va­rias veces. ¿Apocalipsis de la rosa significa revela­ción o aniquilación? A veces parece que unamuniana­mente nuestro poeta se aferrara al gesto (a la máscara) del que cree para no sucumbir al colapso de la fe, que de todos modos ya se ha verificado. Dice en Los Dioses Inútiles:


Olvidaste la respuesta
para persistir en el camino.
Entre auroras ilegibles
te vendas y sigues esperando.


A veces lo más cercano es la desesperación: el adiós que no termina; expresión de ella es el hermoso poema Maldición de los Andróginos. Pero en el conjunto del li­bro, los claros de inspiración se abren y condensan en un lenguaje arduo, justo, incluso diríamos, necesario. Y en ese claro se siente arder el fuego, principio creador y acti­vo, cambiante y siempre nuevo. El poeta lo sabe, lo de­clara y heroicamente se abandona a la incógnita, de las transmutaciones:


Aquí lo único nuevo es el fuego,
pero si tejes sangre
o enseñas el linaje del gemido
existirá quien diga
una sola vez adiós.


Y el milagro será siempre posible:


Hoy el fuego se acuerda de la rosa.
(Florencia, Italia, 1990)




(1) Juan Gustavo Cobo Borda, Poesía Colombiana, Universidad de Antioquia, Medellín, 1987, P. 17.
(6) Ibidem, p.20.
(2) Jorge Luis Borges, "La rosa de Paracelso", en 25 de agosto de 1983 y otros cuentos, Ediciones Siruela, Madrid, 1983.
(3) Paul Diel, Le symbolisme dans la mythologie grecque, prefacio de Gaston Bachelard, París, 1966, pp. 37‑38.
(4) Elémire Zolla, Archetipi Marsilio, Venezia, 1988, pp. 7‑44.
(5) Ibidem, p.40.




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